El sector de las TMT (Tecnología, Media y Telecomunicaciones) se encuentra en un punto de inflexión. La explosión que ha experimentado en estos últimos años ha generado una evolución caótica para el usuario, incapaz muchas veces de evaluar de forma correcta la conveniencia o no de cada nuevo avance tecnológico. Un usuario medio, por ejemplo, sólo utiliza un 15% de las múltiples posibilidades de las hojas de cálculo y, a pesar de ello, la inmensa mayoría no duda en actualizarlo anualmente para satisfacción y beneficio de los impulsores de esta vorágine.

Con la eclosión de Internet, este efecto se multiplica, sorprende a la industria establecida, y propicia la aparición de nuevos modelos de negocio. Todo ello provocado por la irrupción de millones de usuarios en la red que aceleran con fuerza inusitada la difusión de este nuevo medio, apuntando directamente a la línea de flotación de industrias sólidamente establecidas.

Cosas que ocurren a miles de kilómetros de donde uno vive y trabaja resultan tan cercanas que es posible participar o beneficiarse de ellas de un modo sencillo y natural.

El inglés, esperanto de nuestra época, nutre de nuevos vocablos las lenguas autóctonas, posibilitando de forma extraordinaria el comercio e intercambio de bienes, ideas e incluso entretenimiento entre distintas culturas, por encima de fronteras geopolíticas.
Internet ha desbordado a administraciones nacionales y supranacionales, las cuales intentan tomar medidas frente a este fenómeno que se antojan inútiles. Se intuye que, irremediablemente, deberemos realizar grandes cambios estructurales en nuestra sociedad.

La desintermediación, provocada por la interconexión y simplificación de los procesos, se hace evidente. La mediocridad se hace patente y resulta inadmisible si se pretende alcanzar éxitos por encima del umbral de supervivencia. La no aportación de valor añadido se convierte a la larga en un factor excluyente de la cadena valor.

Esta época de transición en la que se encuentra el sector y las extraordinarias expectativas de un entorno con grandes posibilidades de expansión, pero con problemas de aplicación, crea situaciones difíciles de asimilar para el usuario final.

Se anuncian nuevos productos y servicios que ni siquiera existen o que no se aplican de forma inmediata en el mercado. Así, se crea distancia, sentimiento de obsolescencia y, en algunos casos, rechazo ante el constante bombardeo de novedades que no se materializan y que, en algunas ocasiones, ni siquiera responden a necesidades reales y percibidas.

Por último, la confusión que existe en el sector, la necesidad de adelantarse a los competidores sin conocer el impacto real de las novedades en el mercado, y la existencia, en muchos casos, de grandes oligopolios que pretenden imponer 'su' solución, provoca que las inversiones se disparen y que a menudo la distancia entre el coste real y el precio en el mercado sea demasiado dispar, poniendo en riesgo la viabilidad del propio modelo de negocio.

Del mismo modo, y como consecuencia de lo anterior, se dificulta la capacidad de valorar los nuevos productos y servicios y el ratio penetración/rentabilidad se distancia de forma desinhibidora para las nuevas iniciativas que, aunque brillantes y en muchos casos asimiladas satisfactoriamente por los usuarios, son imposibles de implementar a escala con criterios empresariales más o menos ortodoxos y sostenibles.